29.1.10

Ceci n’est pas une pipe



Como el anterior, este texto fue escrito hacia 1998 y forma parte de «De mis emociones estéticas». No prestéis demasiada atención a la última frase; recordad que esto está orientado a que lo leyese mi profesor de Estética en la facultad de Filosofía de la UNED. Además, por aquel entonces yo era aún muy joven y, tengo que reconocerlo, bastante pedante.




CECI N’EST PAS UNE PIPE


Así rezaba la leyenda que Magritte pintó bajo la imagen de una pipa de fumar en su famoso cuadro. Era la primera vez que veía un “magritte”. Tendría unos once años, y fue en un programa de televisión.

Mi madre es francesa, y leo decentemente en francés desde muy niño, aunque no lo hablo bien, por desgracia. Aquel cuadro me impresionó tan favorablemente que di un codazo a mi madre, que leía a mi lado, para llamar su atención sobre la pantalla del televisor. «Es de Magritte», me dijo. Busqué Magritte en la “Larousse”. No había fotos, pero aprendí una palabra nueva: surréalisme. Miré en otra enciclopedia, pero ni siquiera figuraba su nombre. Busqué surréalisme en la “Larousse”. Tampoco se le nombraba, pero sí a Dalí… ¿Es que Magritte no era importante? Si mi madre lo conocía, ¿por qué no la enciclopedia?

Unos meses después, paseando con mi abuelo, pasé junto a una librería. En su escaparate, se hallaba expuesto un libro caro y enorme. En letras rojas sobre la ilustración de la cubierta (una nube languideciendo sobre la hierba) ponía: MAGRITTE. Obligué a mi abuelo a entrar en la tienda y el dueño me permitió hojear el libro.


Un pájaro de piedra planeando por un cielo algodonoso, una tuba aureolada con llamas a la orilla del mar, unos amantes besándose con las cabezas envueltas en telas blancas… Yo había visto ya fotografías de cuadros de Dalí, pero no me habían gustado; me daban mala espina. Eran imágenes de pesadilla. Las imágenes de Magritte, en cambio, eran aparentemente plácidas, pero al cabo de un rato de contemplarlas me asaltaba la inquietud. Eran bellas, pero extrañas. Alguna vez soñé, después de aquel día, con esos cuadros. El pájaro de roca caía y se estrellaba rompiéndose en pedazos. Los amantes descubrían sus cabezas y mostraban unas caras monstruosas. La nube se disolvía desvelando el horror en forma de gusanos bullendo en un agujero lodoso. Pero eso no me arredró. Con los años, hice una pequeña colección. Postales, reproducciones, fotografías, etc. Me interesé en la vida de Magritte. Así como otros surrealistas habían amado el escándalo, Magritte era un modelo de circunspección. Nunca era noticia. Llevaba una vida apacible en Bruselas, con su mujer y su perro.

Finalmente, leí una frase suya que me dio la clave para entender aquel cuadro que había visto en televisión siendo niño: «Un objeto nunca cumple la misma función que su nombre o su imagen». Esta reflexión, en el marco de la discusión sobre los universales, me ha ayudado mucho a la hora de comprender la posición nominalista, así como su evolución terminista.