27.1.10

La realidad como instrumento demiúrgico: Roman Signer

Quiero recuperar textos de mi pasado académico para Ecos Cavernarios y he decidido empezar por este sobre el artista Roman Signer, cuya obra conocí en 1995 gracias al programa de televisión Metrópolis, a raíz de su actuación en (si no recuerdo mal) la primera edición de Gutun Zuria (Carta Blanca), en Bilbao. Este texto data aproximadamente de 1998 y fue incluido en un trabajo titulado De mis emociones estéticas que entregué a Simón Marchán Fiz cuando estudiaba Filosofía en la UNED.




Existe en Alemania un artista de los sucesos llamado Roman Signer. Es uno de esos artistas que se han dado en llamar ‘instaladores’. Pero su obra no está hecha para perdurar. Es un arte fugaz, que considera las consecuencias estéticas de ciertos fenómenos; su arte es fruto de una manipulación consciente de la realidad, y su raíz se hunde en la infancia: Roman Signer me recuerda al niño que fui; aquel que, con sus amigos, encendía petardos en botellas o bolas de plastilina, en la boca de un pez o en la grieta de un viejo muro, para contemplar el efecto de la explosión. Aquel aprendiz de dinamitero renace en mi alma al evocar en la memoria los experimentos artísticos de Roman Signer. Una mesa blanca flotando sobre sus cuatro patas en un lago en una imagen alucinante, con las nublas montañas nevadas al fondo. Una mesa blanca acribillada a balazos (no pude evitar un estremecimiento al presenciar el fusilamiento de aquella mesa). Una mesa blanca elevándose al anochecer por el efecto de unos cohetes atados a sus patas. Un reloj sobre un plano blanco navegando río abajo. Signer preparó una serie de extraordinarios experimentos en un hotel. Merced a uno de ellos, todas las contraventanas del piso superior se abrieron al unísono. Para ello instaló pequeños cohetes, que activó con un detonador, en cada una de ellas. Acto seguido, giró un conmutador y ocho banquetas blancas de cocina salieron volando simultáneamente por sendas ventanas, con idéntica trayectoria hasta el suelo, donde se estrellaron con un efecto estético sobrecogedor. En Bilbao, actuó —pues eso es lo que hace— en el acontecimiento denominado «Carta Blanca», en 1995. En aquella ocasión eligió una amplia estancia, provista de columnas, para su “performance”. Instaló una brocha, fijada a un palo de escoba, en la parte trasera de una bicicleta, de modo que llegase al techo. Eligió una columna y dio vueltas en torno a ella subido en su bicicleta, de manera que la brocha, empapada en pintura, iba dejando un rastro de color en el techo. En otra actuación, atravesó una vía de un aparcamiento subterráneo provisto de un traje ignífugo que le daba el aspecto de un explorador espacial de fantasía, plateado como las naves de Ray Bradbury. Necesitaba el traje para andar por ahí, pues a lo largo de la vía había instalado grandes bombonas de gas que despedían cegadores chorros de fuego a su paso.

Algunas de las imágenes que se grabaron para conservar de algún modo estos sucesos me recordaron al pintor belga René Magritte, en particular el cuadro que representa una enorme roca suspendida en un cielo azul surcado por algunas nubes, y también al músico Erik Satie y sus “Gnossiennes”, pues tenían una cualidad poética similar al de estas obras (y esto me sirve para comentar mis gustos pictóricos, empezando por Magritte).