Blog sobre artes gráficas en general, con comentarios, trucos y las típicas fardadas de Jean Mallart
22.12.11
16.4.11
Photoshop se cuelga al pegar en una nueva capa e intentar moverla
Le pasa a mucha gente que trabaja con Photoshop CS4 o CS5 en un PC con Windows Vista o Windows 7: Un error al pegar y mover que te obliga a cerrar Photoshop. Por ejemplo, al ir a reconstruir una imagen separada en dos páginas que forman una splash page; copias la segunda parte, la pegas en una capa sobre la primera, vas a ajustarla y... plof, el Photoshop se cuelga. O simplemente al pegar un pequeño recorte y tratar de colocarlo en algún sitio. Es exasperante y uno no sabe por qué puede ser. Siempre es al pegar y mover. Si pegas, guardas el trabajo, cierras Photoshop, y vuelves a abrir el documento, entonces ya sí te deja moverlo. Hasta que vuelvas a pegar otra cosa, claro. ¡Qué pesadez!
Alguno habrá notado que no siempre pasa. Unas veces sí y otras no, lo que resulta bastante desconcertante. ¿Está bien el Photoshop?, ¿tendrá un virus mi PC?
Bueno, pues no os preocupéis. Os voy a decir la causa: Tenéis que saber que, cuando eso ocurre, hay un programa en marcha en vuestro PC que, aparte de comer mucha RAM, os está provocando ese error al pegar y mover. Se trata del gestor de descargas JDownloader que muchos utilizamos para gestionar y facilitar la descarga segura de nuestros ficheros y documentos para compartirlos con nuestros clientes, y ellos con nosotros. (Disimula, disimula...)
Sí, amigos, ya sé que la perspectiva de tener que interrumpir las descargas mientras usáis Photoshop no es muy atractiva que digamos, pero es lo que recomiendo; además, así tendréis un extra de memoria RAM, que siempre viene bien. Pero si os fastidia mucho, estad tranquilos porque, de todos modos, tampoco es imprescindible dejar de usar el JDownloader; basta con hacer un pequeño ajuste en las preferencias de Photoshop para solucionar el conflicto.

En las preferencias generales de Photoshop (en PC, salen apretando Ctrl+K) tenéis que desmarcar la opción
Así de fácil. Ya podéis seguir usando el Photoshop mientras descargáis ficheros con el gestor JDownloader. Eso sí, tenéis que recordar que, al quitar esa opción, lo que hayáis copiado o movido al Portapapeles se esfumará al cerrar Photoshop. Tenedlo en cuenta.
Gracias a MartiXFX, del foro de ayuda de Intercambios Virtuales, por compartir esta solución en la red. Podéis ver su aportación pulsando AQUÍ.
19.1.11
Ars Photographica
No sé por qué no he comentado nada aquí (bueno, sí, por pereza) pero bueno, ahí vamos: he abierto otro blog (y van...), esta vez sobre fotografía, una de mis grandes pasiones. Se titula Ars Photographica (ya sé que muy original no es, qué le vamos a hacer, pero el contenido merece la pena).
La idea es publicar, durante 2011, 365 fotografías en blanco y negro, con calidad suficiente para apreciarlas debidamente en un monitor normal, con una altura de 1024 píxeles para las fotos de formato cuadrado o vertical y 1200 o 1280 píxeles para las apaisadas. Siempre o casi siempre serán obra de fotógrafos de prestigio. Y cada dos meses (o tres, si veo que se me echan las fechas encima con la selección de fotos, cosa bastante posible dada mi famosa pereza para todo lo que no sea ganar dinero) cambiaremos de tema.
Los erotómanos como yo están de enhorabuena porque comenzamos en enero y febrero con una serie dedicada a la fotografía del cuerpo femenino, con una posible prórroga en marzo. Luego, en primavera, seguiremos con la fotografía de arquitectura, ingeniería civil y espacios públicos. Y luego continuaremos con paisajes.
En principio no es mi intención incluir mucho texto en las entradas, creo que las fotos son lo bastante elocuentes, para utilizar la expresión del gran Edward Weston. Sólo los datos básicos de que disponga. Pero igual luego me pongo a editar las entradas para añadir impresiones, análisis, citas de críticos o de otros artistas sobre la obra, etc. Y en algunos casos sí que habrá una introducción.
En fin, espero que os guste. Os dejo con la fotografía de ayer, del francés Jean-Loup Sieff (1933-2000), uno de los que más se esforzó en el siglo pasado por hacer arte aprovechando su afición a sacar fotos a bellas mujeres en cueros.

Ars Photographica
31.12.10
24.12.10
26.11.10
Problema con clave de registro al instalar Acrobat
«No se puede abrir la clave HKEY_LOCAL_MACHINE \ SOFTWARE \ Microsoft \ Windows \ CurrentVersion \ Run \ OptionalComponents \ MSFS. Compruebe que dispone de suficientes derechos de acceso a esa clave o póngase en contacto con el personal de soporte técnico.»
¡Qué putada! Y ahora la instalación de Acrobat se da media vuelta y huye dejándote con un palmo de narices.
Como sabrás si has llegado aquí buscando una solución a este problema, MSFS es una clave del registro de Windows (creo que esto ocurre tanto en XP como en Vista) que, una vez corrupta, es especialmente refractaria a dejarse eliminar. Es sin duda la clave más rebelde con la que me ha tocado lidiar. Ni con REGAssasin hay modo de eliminar la clave del registro para que la instalación no se interrumpa al encontrársela, ni poseyendo todos los derechos del mundo.
Quizá ya te han dicho por ahí que modifiques los permisos de la clave, y habrás perdido el tiempo siguiendo pasos que no te llevan a ningún sitio porque, a pesar de todo lo que intentes, el sistema nunca te reconoce como propietario del objeto con derechos para hacer lo que te dé la gana con el mismo... Tranquilo, eso se acabó.
Como parece que nadie en los foros ha sido capaz de pasar de esa clave, parece que nadie sabe que son las tres claves de OptionalComponents, no sólo MSFS, sino también IMAIL y MAPI, las que andan jodiendo la marrana. Hay que cargarse las tres. Si te cargas MSFS y pruebas otra vez a instalar Acrobat, te volverá a decir lo mismo con MAPI, y así. ¿Pero cómo te las cargas, que es lo que estás intentando solucionar?
Hay un programilla llamado The Avenger con el que se puede hacer. Hay que ser muy cuidadoso con esta herramienta, ya que es tremendamente potente y si la usas indebidamente te puedes cargar el sistema.
Se puede obtener AQUÍ.
No requiere instalación; lo descomprimes en una carpeta y lo ejecutas.
Pues bien, en la ventanita "Input script here" pones (exactamente):
Registry keys to delete:
Y debajo pones la ruta a la clave que has obtenido del RegEdit con el comando Copiar nombre de clave.
Por ejemplo, en mi máquina:
Registry keys to delete:
HKEY_LOCAL_MACHINE\SOFTWARE\Microsoft\Windows\CurrentVersion\Run\OptionalComponents\MSFS
HKEY_LOCAL_MACHINE\SOFTWARE\Microsoft\Windows\CurrentVersion\Run\OptionalComponents\MAPI
HKEY_LOCAL_MACHINE\SOFTWARE\Microsoft\Windows\CurrentVersion\Run\OptionalComponents\IMAIL
Y le das al botón Execute.
Yo lo hice una a una, porque me fui topando con ellas en cada intento de instalación, ¡menudo coñazo! Si lo llego a saber me cargo las tres de golpe, como en el ejemplo.
Se te avisará de un reinicio. Es normal; has modificado el registro y tienes que reiniciar para que la máquina rule como es debido. Al reiniciar se abrirá un fichero de texto con el consabido log contándote lo que ha hecho The Avenger: solucionarte el problema.
Et voilá! Ya puedes darle caña a la instalación del Acrobat, que no se topará con sorpresas en el registro.
De nada. :-))
1.11.10
Glenn Jones, diseñador e ilustrador.
Glenn Jones es un diseñador gráfico e ilustrador de Auckland, Nueva Zelanda. Lleva más de quince años en el negocio y su oficio, como puede verse abajo, es innegable. En Threadless.com vendió montones de camisetas con divertidos diseños frikis como estos. Ahora ya tiene su propia empresa de camisetas, Glennz Tees (store.glennz.com), una gozada para la vista.





Yo me las compraría todas. :-)
24.10.10
Más portadas para AJEC
Pues aquí estoy de nuevo enseñando mis cosillas, con permiso del editor: dos nuevas portadas de sendas novelas que saldrán próximamente publicadas por el Grupo Editorial AJEC. Se trata de Katesi, de Enrique de Rodrigo, y Las puertas de El Álamo, de Stephen Harrigan.
Katesi es un techno-thriller con elementos fantásticos y una trama de acción relacionada con el mundo del vino. De ahí el catavinos negro para catas ciegas y el revólver, amablemente cedido por Óscar Nieto para la ocasión. La realización de esta portada ha sido toda una odisea (¿de dónde saco una pipa para la foto?), pero creo que ha merecido la pena (modestia aparte).

Las puertas de El Álamo pertenece a la colección Hystorica de AJEC y está ambientada en los tiempos de la independencia de Texas, con el trasfondo de los acontecimientos que llevaron a la Batalla de El Álamo, en 1836. Tiene críticas muy buenas y la vitola de best-seller en Estados Unidos. Ya tengo ganas de leerla. En esta portada utilicé una ilustración de Edward Everett, litografiada por C. B. Graham, de las ruinas de la Misión de San Antonio de Valero, donde tuvieron lugar los hechos, unos diez años después de la carnicería. La litografía se conserva en la Biblioteca del Congreso de EEUU y, obviamente, es de dominio público.

Ambas novelas van a salir próximamente en tapa dura, forradas al cromo y con sobrecubierta.
3.6.10
17.5.10
Adiós, Dio

Ronnie James Dio falleció ayer, 16 de mayo de 2010, víctima del cáncer de estómago que padecía desde hace poco más de un año. Mito del heavy metal, fue quien introdujo el gesto de la foto en el mundo del rock, una herencia de su abuela siciliana, que lo usaba a menudo (como tantos italianos, especialmente en Sicilia) para ahuyentar a los malos espíritus.
Nunca lo olvidaré ni dejaré de escuchar su impresionante voz en tantos discos míticos de Rainbow, Black Sabbath, Deep Purple... Una gran pérdida para el mundo del rock.
Valga la fotografía de arriba, que he sacado esta mañana, con Man On The Silver Mountain sonando en mi estudio-biblioteca, como postrer homenaje a su legendaria figura.
\m/,

22.3.10
Photomerge: Palacio de la Magdalena
Unión de cuatro fotografías. Es muy fácil hacer este tipo de panoramas con Photoshop; sólo hay que procurar que las bases coincidan lo máximo posible al hacer las tomas. Para este caso he elegido el menú Archivo>Automatizar>Photomerge; he dejado las opciones por defecto, "Automático" y "Fusionar", y he seleccionado las fotos pinchándolas en orden y apretando Ctrl para tomarlas de una vez.
Después he tenido que ajustar la perspectiva y rellenar alguna esquina con un poco de cielo.
16.2.10
Meme: Diseña la portada de un disco ficticio
- Visita una página aleatoria de Wikipedia y apunta el título del artículo; será el nombre del grupo.
- Ahora visita esta página de citas y toma las cuatro últimas palabras de la última cita para el título del disco.
- Para terminar, escoge la tercera imagen de esta página de Flickr para la portada.

15.2.10
Caballos de La Camargue
Yves Brayer pintó un cuadro que me trae dulces recuerdos de un paisaje televisado de la Francia sureña: Chevaux de Camargue La estampa es idéntica a aquella que recuerdo de los bellos caballos albos de La Camargue chapoteando en las marismas del delta del Ródano. Según mi madre, los caballos de la Camargue no son tan hermosos, pues se pelean a menudo y están sucios y llenos de cicatrices, mientras que aquellos que yo recuerdo estaban inmaculados y, aunque salvajes, parecían dotados de una nobleza tal que ningún ser humano podría igualarla.
Ahora que lo pienso, es posible que esta creencia mía tenga que ver con «Los viajes de Gulliver», de Jonathan Swift, que leí siendo muy niño; no una versión resumida para niños, sino una traducción íntegra y directa del original de Swift, editada por Anaya, que mi madre me regaló. Le gustaban las ediciones íntegras, cosa que le agradezco. No soporto la censura.

29.1.10
Ceci n’est pas une pipe

Como el anterior, este texto fue escrito hacia 1998 y forma parte de «De mis emociones estéticas». No prestéis demasiada atención a la última frase; recordad que esto está orientado a que lo leyese mi profesor de Estética en la facultad de Filosofía de la UNED. Además, por aquel entonces yo era aún muy joven y, tengo que reconocerlo, bastante pedante.
Así rezaba la leyenda que Magritte pintó bajo la imagen de una pipa de fumar en su famoso cuadro. Era la primera vez que veía un “magritte”. Tendría unos once años, y fue en un programa de televisión.
Mi madre es francesa, y leo decentemente en francés desde muy niño, aunque no lo hablo bien, por desgracia. Aquel cuadro me impresionó tan favorablemente que di un codazo a mi madre, que leía a mi lado, para llamar su atención sobre la pantalla del televisor. «Es de Magritte», me dijo. Busqué Magritte en la “Larousse”. No había fotos, pero aprendí una palabra nueva: surréalisme. Miré en otra enciclopedia, pero ni siquiera figuraba su nombre. Busqué surréalisme en la “Larousse”. Tampoco se le nombraba, pero sí a Dalí… ¿Es que Magritte no era importante? Si mi madre lo conocía, ¿por qué no la enciclopedia?
Unos meses después, paseando con mi abuelo, pasé junto a una librería. En su escaparate, se hallaba expuesto un libro caro y enorme. En letras rojas sobre la ilustración de la cubierta (una nube languideciendo sobre la hierba) ponía: MAGRITTE. Obligué a mi abuelo a entrar en la tienda y el dueño me permitió hojear el libro.

Un pájaro de piedra planeando por un cielo algodonoso, una tuba aureolada con llamas a la orilla del mar, unos amantes besándose con las cabezas envueltas en telas blancas… Yo había visto ya fotografías de cuadros de Dalí, pero no me habían gustado; me daban mala espina. Eran imágenes de pesadilla. Las imágenes de Magritte, en cambio, eran aparentemente plácidas, pero al cabo de un rato de contemplarlas me asaltaba la inquietud. Eran bellas, pero extrañas. Alguna vez soñé, después de aquel día, con esos cuadros. El pájaro de roca caía y se estrellaba rompiéndose en pedazos. Los amantes descubrían sus cabezas y mostraban unas caras monstruosas. La nube se disolvía desvelando el horror en forma de gusanos bullendo en un agujero lodoso. Pero eso no me arredró. Con los años, hice una pequeña colección. Postales, reproducciones, fotografías, etc. Me interesé en la vida de Magritte. Así como otros surrealistas habían amado el escándalo, Magritte era un modelo de circunspección. Nunca era noticia. Llevaba una vida apacible en Bruselas, con su mujer y su perro.
Finalmente, leí una frase suya que me dio la clave para entender aquel cuadro que había visto en televisión siendo niño: «Un objeto nunca cumple la misma función que su nombre o su imagen». Esta reflexión, en el marco de la discusión sobre los universales, me ha ayudado mucho a la hora de comprender la posición nominalista, así como su evolución terminista.

27.1.10
La realidad como instrumento demiúrgico: Roman Signer
Quiero recuperar textos de mi pasado académico para Ecos Cavernarios y he decidido empezar por este sobre el artista Roman Signer, cuya obra conocí en 1995 gracias al programa de televisión Metrópolis, a raíz de su actuación en (si no recuerdo mal) la primera edición de Gutun Zuria (Carta Blanca), en Bilbao. Este texto data aproximadamente de 1998 y fue incluido en un trabajo titulado De mis emociones estéticas que entregué a Simón Marchán Fiz cuando estudiaba Filosofía en la UNED.
Existe en Alemania un artista de los sucesos llamado Roman Signer. Es uno de esos artistas que se han dado en llamar ‘instaladores’. Pero su obra no está hecha para perdurar. Es un arte fugaz, que considera las consecuencias estéticas de ciertos fenómenos; su arte es fruto de una manipulación consciente de la realidad, y su raíz se hunde en la infancia: Roman Signer me recuerda al niño que fui; aquel que, con sus amigos, encendía petardos en botellas o bolas de plastilina, en la boca de un pez o en la grieta de un viejo muro, para contemplar el efecto de la explosión. Aquel aprendiz de dinamitero renace en mi alma al evocar en la memoria los experimentos artísticos de Roman Signer. Una mesa blanca flotando sobre sus cuatro patas en un lago en una imagen alucinante, con las nublas montañas nevadas al fondo. Una mesa blanca acribillada a balazos (no pude evitar un estremecimiento al presenciar el fusilamiento de aquella mesa). Una mesa blanca elevándose al anochecer por el efecto de unos cohetes atados a sus patas. Un reloj sobre un plano blanco navegando río abajo. Signer preparó una serie de extraordinarios experimentos en un hotel. Merced a uno de ellos, todas las contraventanas del piso superior se abrieron al unísono. Para ello instaló pequeños cohetes, que activó con un detonador, en cada una de ellas. Acto seguido, giró un conmutador y ocho banquetas blancas de cocina salieron volando simultáneamente por sendas ventanas, con idéntica trayectoria hasta el suelo, donde se estrellaron con un efecto estético sobrecogedor. En Bilbao, actuó —pues eso es lo que hace— en el acontecimiento denominado «Carta Blanca», en 1995. En aquella ocasión eligió una amplia estancia, provista de columnas, para su “performance”. Instaló una brocha, fijada a un palo de escoba, en la parte trasera de una bicicleta, de modo que llegase al techo. Eligió una columna y dio vueltas en torno a ella subido en su bicicleta, de manera que la brocha, empapada en pintura, iba dejando un rastro de color en el techo. En otra actuación, atravesó una vía de un aparcamiento subterráneo provisto de un traje ignífugo que le daba el aspecto de un explorador espacial de fantasía, plateado como las naves de Ray Bradbury. Necesitaba el traje para andar por ahí, pues a lo largo de la vía había instalado grandes bombonas de gas que despedían cegadores chorros de fuego a su paso.
Algunas de las imágenes que se grabaron para conservar de algún modo estos sucesos me recordaron al pintor belga René Magritte, en particular el cuadro que representa una enorme roca suspendida en un cielo azul surcado por algunas nubes, y también al músico Erik Satie y sus “Gnossiennes”, pues tenían una cualidad poética similar al de estas obras (y esto me sirve para comentar mis gustos pictóricos, empezando por Magritte).
Existe en Alemania un artista de los sucesos llamado Roman Signer. Es uno de esos artistas que se han dado en llamar ‘instaladores’. Pero su obra no está hecha para perdurar. Es un arte fugaz, que considera las consecuencias estéticas de ciertos fenómenos; su arte es fruto de una manipulación consciente de la realidad, y su raíz se hunde en la infancia: Roman Signer me recuerda al niño que fui; aquel que, con sus amigos, encendía petardos en botellas o bolas de plastilina, en la boca de un pez o en la grieta de un viejo muro, para contemplar el efecto de la explosión. Aquel aprendiz de dinamitero renace en mi alma al evocar en la memoria los experimentos artísticos de Roman Signer. Una mesa blanca flotando sobre sus cuatro patas en un lago en una imagen alucinante, con las nublas montañas nevadas al fondo. Una mesa blanca acribillada a balazos (no pude evitar un estremecimiento al presenciar el fusilamiento de aquella mesa). Una mesa blanca elevándose al anochecer por el efecto de unos cohetes atados a sus patas. Un reloj sobre un plano blanco navegando río abajo. Signer preparó una serie de extraordinarios experimentos en un hotel. Merced a uno de ellos, todas las contraventanas del piso superior se abrieron al unísono. Para ello instaló pequeños cohetes, que activó con un detonador, en cada una de ellas. Acto seguido, giró un conmutador y ocho banquetas blancas de cocina salieron volando simultáneamente por sendas ventanas, con idéntica trayectoria hasta el suelo, donde se estrellaron con un efecto estético sobrecogedor. En Bilbao, actuó —pues eso es lo que hace— en el acontecimiento denominado «Carta Blanca», en 1995. En aquella ocasión eligió una amplia estancia, provista de columnas, para su “performance”. Instaló una brocha, fijada a un palo de escoba, en la parte trasera de una bicicleta, de modo que llegase al techo. Eligió una columna y dio vueltas en torno a ella subido en su bicicleta, de manera que la brocha, empapada en pintura, iba dejando un rastro de color en el techo. En otra actuación, atravesó una vía de un aparcamiento subterráneo provisto de un traje ignífugo que le daba el aspecto de un explorador espacial de fantasía, plateado como las naves de Ray Bradbury. Necesitaba el traje para andar por ahí, pues a lo largo de la vía había instalado grandes bombonas de gas que despedían cegadores chorros de fuego a su paso.
Algunas de las imágenes que se grabaron para conservar de algún modo estos sucesos me recordaron al pintor belga René Magritte, en particular el cuadro que representa una enorme roca suspendida en un cielo azul surcado por algunas nubes, y también al músico Erik Satie y sus “Gnossiennes”, pues tenían una cualidad poética similar al de estas obras (y esto me sirve para comentar mis gustos pictóricos, empezando por Magritte).
24.12.09
Otra cubierta para AJEC: «Bucéfalo. Memorias del caballo de Alejandro»

Pues esta es la última cubierta que he diseñado para AJEC. Bueno, esto es la parte anterior de la sobrecubierta; las tapas van al cromo, con un diseño similar.
«Bucéfalo. Memorias del caballo de Alejandro», es una novela de Eloy M. Cebrián, un viejo conocido de es.humanidades.literatura (¡el mundo es un pañuelo!), el foro literario de la jerarquía es. de Usenet (donde él, por cierto, usaba el nick Bucéfalo) en el que participé asiduamente durante algún tiempo hace unos años, cuando el concepto de red social no había llegado aún a la WWW.
No es la primera vez que Cebrián se acerca a la figura de Alejandro. Este libro es fruto de bastantes años dando vueltas al personaje y a su historia, en una constante reelaboración. Una versión anterior fue publicada por Alfaguara como «Vida de Alejandro, por Bucéfalo», dentro de su Serie Roja destinada a un público juvenil.
Os dejo con el texto de la cubierta y la solapa:
«Año 326 antes de Cristo. Bucéfalo, el legendario caballo del rey Alejandro de Macedonia, agoniza por una herida de combate. Consciente de que su fin se acerca, el animal se resigna a morir a un mundo de distancia de la tierra que lo vio nacer. Pero antes de dispone a evocar la aventura de su vida, un viaje fascinante que lo ha conducido desde las tierras de Grecia a Jonia, desde Egipto a Mesopotamia y Persia. Y más allá, mucho más allá, hasta las misteriosas estepas del Asia central y la fabulosa India, donde una flecha enemiga lo aguardaba impaciente.
»Estas páginas constituyen una invitación a recorrer a lomos de Bucéfalo algunas de las páginas más vibrantes de la Historia, una crónica de primera mano del que habría de convertirse en el más glorioso de los reyes y el más invencible de los generales, aquel que sería honrado por la posteridad con el sobrenombre de «El Grande».
»Batallas, aventuras, prodigios, valor, lealtad, ambición, muerte o victoria. Y todo un mundo que conquistar. El precio exigido es enorme, pero también lo es la recompensa: fama perdurable, gloria inmortal.»

«Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) es licenciado en Filología Inglesa y profesor en un instituto de su ciudad natal. Su actividad literaria abarca la narrativa juvenil y la novela para adultos. Para los jóvenes ha escrito Bajo la fría luz de octubre (Premio Jaén 2003) y Operación Beowulf (de próxima aparición). En cuanto a su producción para adultos, cabe destacar El fotógrafo que hacía belenes (VII Premio Francisco Umbral) y Los fantasmas de Edimburgo (finalista de los premios Fernando Lara y Herralde). Ha recibido también importantes galardones como autor de relatos breves. Muchos de esos cuentos se han recogido en las colecciones Las luciérnagas y Comunión. Es, además, colaborador habitual en prensa y traductor literario ocasional, y desde hace una década codirige la revista de creación El Problema de Yorick.
»Estas Memorias del Caballo de Alejandro constituyen su primera incursión en la novela histórica.»
Más información sobre el autor, en http://www.eloymcebrian.com
16.7.09
Algunas fotos...
En el último año he retomado mi afición por la imagen (a la fuerza ahorcan) y he sacado algunas fotos con mis cámaras (una reflex Nikon D40 y una compacta Lumix-Panasonic DMC-LS2, más dos a las que he tenido acceso, una reflex Olympus E-410 en el laboratorio de artes gráficas de La Albericia y una semicompacta Canon PowerShot G3 en el curro) que luego he colgado en mi espacio de Flickr, algunas de ellas retocadas.
Estoy a punto de comprar una cámara nueva para reemplazar la Nikon D40, que se me queda algo pequeña, y he pensado en probar con Canon. También quiero actualizar mi cuenta de Flickr para poder colgar más fotos y ordenarlas mejor. Así que toca recapitular.
Aquí tenéis algunas de las fotos más interesantes (según la propia Flickr) que he sacado hasta ahora:
16.2.09
Ensueños, de José Antonio Cotrina y Ana Díez


La proyección de Ensueños tendrá lugar tras la presentación de La casa de la colina negra. Una idea estupenda, unir las artes de la fotógrafa Ana Díez y de José Antonio Cotrina en la voz de Marc R. Soto (sin olvidar a nuestra contertulia Marisa, que se ha encargado del montaje). Tengo ganas de verlo (y oírlo).
27.12.08
11.12.08
J. W. von Goethe, pionero de la psicología del color.

No me enorgullezco demasiado de mis logros como poeta. En mi época han vivido escritores creativos excelentes, los ha habido aun más brillantes antes de mí, y siempre los habrá después de mi tiempo. Pero de ser yo el único en mi siglo que conoce la verdad acerca de la teoría de los colores... ¡Eso es de lo que estoy orgulloso y lo que me da un sentimiento de superioridad sobre muchos [sabios]!
J. W. Von Goethe. Enthüllung der Theorie Newtons (Explicación de la teoría de Newton), segunda parte de Zur Farbenlehre (Teoría de los colores), 1810.
Johann Wolfgang von Goethe fue uno de los intelectuales más influyentes y de mayor prestigio de su época. Su impronta en la cultura alemana se percibe todavía en nuestros días.
Durante el último cuarto del siglo XVIII y el primer cuarto del siglo XIX, Goethe se entregó con una energía aparentemente inagotable a la búsqueda de la belleza y el conocimiento, dejando una profunda huella en la cultura germánica y europea. Goethe encarna el ideal romántico de intelectual anticipado ya por los maestros renacentistas, tan preocupado por la práctica de las artes como por su análisis y estudio, e igualmente apasionado por las letras y las ciencias.
Conocido sobre todo por su obra literaria, Goethe destacó en 1774 con su novela Las desventuras del joven Werther, y, sobre todo, con la primera parte de Fausto, su obra más famosa, terminada en 1806. Sin embargo, dedicó su tiempo a numerosas áreas y disciplinas, tanto artísticas como científicas y filosóficas, destacando en todas ellas. De sus variadísimos intereses, interesa aquí resaltar dos muy concretos, uno científico y otro filosófico, que se complementaron entre sí. Me refiero a su interés por la óptica y por la estética.
Fruto de este interés científico y estético por la luz y el color fue su libro Zur Farbenlehre (Teoría de los colores), escrito en 1810. Opuesto en muchos aspectos a la óptica newtoniana, que criticó duramente (causando no poca polémica en su tiempo), ha quedado parcialmente desacreditado por la física moderna, pero la importancia de sus muchos hallazgos ópticos no se puede minusvalorar, y algunas de sus explicaciones siguen vigentes hoy en día. De todos modos, no entraremos aquí a reseñar sus hallazgos científicos ni a explicar sus discrepancias, a menudo mal encaminadas, con Newton, sino que nos centraremos en sus consideraciones sobre la percepción, la psicología y la estética del color.
En Teoría de los colores, Goethe trata cuestiones difíciles de resolver, como la significación simbólica de los colores, con una prosa tan persuasiva que difícilmente puede uno dejar de concordar con sus opiniones. Mi profesor de estética en la UNED, Simón Marchán Fiz, insistía mucho sobre la falta o déficit de valor de verdad de las teorías estéticas, y concuerdo con sus enseñanzas, pero las conjeturas de Goethe son tan convincentes que uno casi se siente inclinado a aceptarlas como ciertas.
Goethe fue el precursor de la psicología del color. En su tratado se opuso a la visión puramente física y matemática de Newton, proponiendo que el color depende también, en realidad, de nuestra percepción, en la que se halla involucrado el cerebro, y de los mecanismos del sentido de la vista. Aquí hay que reconocer que el genio alemán se columpió bastante, ya que Newton sí que había prestado atención a estas cuestiones, a diferencia de los físicos contemporáneos del propio Goethe, contra los que podría haber arremetido con más razón. Pero, aún así, sus comentarios al respecto revisten un gran interés.
De acuerdo con sus teorías, lo que vemos de un objeto no depende sólo de la materia que lo constituye, ni tan sólo de la luz tal como la entendió Newton, sino que depende de una tercera variable que es nuestra percepción del objeto. El problema a tener en cuenta aquí es la subjetividad inherente a la percepción individual. Goethe intentó deducir las leyes que rigen la armonía de los colores, atendiendo a sus efectos fisiológicos —es decir, al modo en que los colores nos afectan en tanto que seres vivos, organismos que responden a estímulos—, haciendo hincapié, en general, en el aspecto subjetivo de la visión. Este concepto ha tenido una gran trascendencia y sigue siendo válido hoy en día.
Artistas, filósofos, psicólogos y científicos han estudiado los efectos del color durante siglos, desarrollando multitud de teorías sobre el uso del color. El número y variedad de tales teorías demuestra que no pueden aplicarse reglas universales: la percepción del color depende de la experiencia individual. Esto entronca con mi referencia anterior a Simón Marchán Fiz, sobre la falta de verdad en la estética. Pero, como digo, Goethe es muy convincente, y para muchos sigue siendo una referencia. Incluso sus detractores actuales le deben mucho. Por ejemplo, Eva Heller arremete en su famoso libro Psicología del color: Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón (editado por Gustavo Gili) contra las obsoletas asociaciones establecidas por Goethe, pero al mismo tiempo su obra es deudora de las ideas del alemán, en tanto que reconoce la importancia simbólica de los colores, insiste en la relación no casual entre determinados colores y sentimientos, en su universalidad, etc.
Siendo así que la percepción del color depende de cada cual, y teniendo cada uno sus propias preferencias y gustos en materia de colores, es difícil negar que todos percibimos, en mayor o menor medida, reacciones físicas ante ciertos colores, sensaciones como la de frío en una habitación pintada de azul claro o la de calor en otra pintada de naranja, amarillo y rojo.
Los colores cálidos estimulan la mente, alegran y hasta excitan, mientras que los colores fríos aquietan el ánimo; los negros y grises pueden resultar deprimentes, mientras que el blanco refuerza los sentimientos positivos.
Aunque estas sensaciones son puramente subjetivas y dependen de la percepción de cada cual, las investigaciones de Goethe y de seguidores suyos como Wittgenstein, por ejemplo, vinieron a demostrar que son comunes a la mayoría de los individuos, y están determinadas por reacciones inconscientes de estos, así como por asociaciones inconscientes de estos colores con determinados fenómenos físicos.
Goethe creó un triángulo con tres colores primarios: rojo, amarillo y azul (no se había afinado aún la síntesis aditiva hasta el punto de identificar con exactitud los verdaderos primarios: magenta, amarillo y cian). Utilizó este triángulo para trazar un diagrama de la psique humana, relacionando cada color con una emoción determinada.

En el triángulo original de Goethe, los tres primarios están situados en los vértices del mismo; las otras subdivisiones están agrupadas en triángulos secundarios y terciarios, donde los triángulos secundarios representan la mezcla de los dos colores primarios que están a su lado, y los colores del triángulo terciario representan la mezcla del color primario adyacente a él y el triángulo secundario que está directamente enfrentado a él.
Para Goethe era de la mayor importancia comprender las reacciones humanas al color, y su investigación marca el inicio de la psicología moderna del color. Goethe creía que su triángulo era un diagrama de la mente humana y conectó cada color con ciertas emociones. Por ejemplo, asoció el azul con el entendimiento y la razón y creía que evocaba un estado de ánimo tranquilo, mientras que el rojo evocaba un estado de ánimo festivo y sugería la imaginación. Goethe escogió los primarios, rojo, amarillo y azul, basándose en su contenido emocional, así como también en los fundamentos físicos del color, y agrupó las distintas subdivisiones del triángulo por “elementos” emocionales y también por niveles de mezclado. Este aspecto emocional de la disposición del triángulo refleja la preocupación de Goethe por que el contenido emocional de cada color fuese tenido en cuenta por los artistas.





AZUL: Es el color de la inteligencia, la sabiduría, la reflexión y la paciencia. Induce al recogimiento, proporciona una sensación de espacio abierto, es el color del cielo y el mar en calma, y así evoca también paz y quietud. Actúa como calmante, sosegando los ánimos e invitando al pensamiento.
ROJO: Está relacionado con el fuego y evoca sensaciones de calor y excitación. Es el color de la sangre y el fuego, el color de Marte, símbolo de la violencia, de la pasión sensual; sugiere acción, impulso; es el color del movimiento y la vitalidad. Aumenta la tensión muscular, activa un cierto estado de alerta en el cerebro.
AMARILLO: Es el color del Sol. Para Goethe posee una condición alegre, risueña, es el color del optimismo. El amarillo tiene las cualidades del sol, es el color del poder y la arrogancia, pero también de la alegría, el buen humor y la buena voluntad; es un color estimulante.
VIOLETA: El violeta es el color de la madurez y la experiencia. En un matiz claro expresa profundidad, misticismo, misterio, melancolía, es el color de la intuición y la magia; en su tonalidad púrpura es símbolo de realeza, suntuosidad y dignidad.
NARANJA: Mezcla de amarillo y rojo, tiene las cualidades de ambos, aunque en menor grado. Para Goethe es el color de la energía, un color para temperamentos primarios, que gusta a niños, bárbaros y salvajes porque refuerza sus tendencias naturales al entusiasmo, al ardor, a la euforia...
VERDE: El verde significa la llegada de la primavera, simboliza la juventud y la esperanza. Por ser el color de la naturaleza, de los prados húmedos, sugiere aire libre y frescor; este color es reconfortante, libera al espíritu y equilibra las sensaciones.
En estos seis colores se comprenden toda la enorme variedad de matices que pueden ser obtenidos por las mezclas entre ellos y también por la de cada uno de ellos con el blanco o el negro; cada una de estas variaciones participa del carácter de los colores de los cuales proceden, aunque con predominio de aquel que intervenga en mayor proporción.
Personalmente, a pesar de no estar convencido de la universalidad de estas reacciones, que en muchos casos son de índole cultural y fruto de la tradición histórica, como explica la ya mentada Eva Heller en su Psicología del color, me he guiado en general por las conjeturas de Goethe, que han tenido una gran influencia en el mundo del arte (recordemos, como ejemplo, las pinturas de Turner, que se guiaba por los principios establecidos por el sabio alemán). Recientemente he tenido ocasión de ponerlas en práctica con un trabajo que, además, venía al pelo para ello: el imagotipo de la Sociedad Cántabra de Filosofía (SoCfia). La autoridad de Goethe sigue muy vigente en los círculos filosóficos, así que la referencia a sus teorías como apoyo de mis elecciones estéticas no fue sólo fruto de la costumbre personal, ya que elegí usarlas como referencia general hace varios años, sino una acción deliberada con vistas a ganarme el favor del jurado:

Para el color predominante en el isotipo se ha elegido un azul; según Goethe, el color de la sabiduría y la paciencia.
Dentro del ojo izquierdo se ha incluido un lábaro cántabro de color púrpura, un color asociado a Cantabria en el mismo fondo del antiguo estandarte cantabrum. En la psicología del color, se asocia asimismo a la sabiduría pero también a la intuición y la espiritualidad. El mismo color ha sido utilizado para el logotipo.
Así, la elección de los colores no es casual, sino que refleja una combinación de conceptos que conforman la esencia de la filosofía desde sus inicios.
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